¿Reforma educativa? No, gracias

Tanta “Reforma Educativa” (comillas puestas a propósito) me molesta profundamente, pues aún no he visto ninguna que pique el interés de los estudiantes, un interés tardío que despierta con el descubrimiento propio de un horizonte cultural más allá de los casposos libros de texto y las notas medias que nos reducen a un número sin rostro.

De un tiempo a esta parte he recordado aquella frase de mi profesora de primaria “la historia es un cuento, una novela, una fábula”, en 1999, con el aire otoñal del nuevo curso entrando por la ventana de clase, que me sonó a una soberana mentira. Para nosotros la historia era aquello que nos provocaba sudores fríos y “chuletas” de interminables fechas garabateadas en la mesa.

A día de hoy afirmo que esa frase es real, pero no me abrió los ojos la frialdad del manual de nuestro “sistema educativo” (de nuevo las comillas), sino las artes reales y humanas recopiladas en años de picante curiosidad.

 Sí, siempre fui curiosa, pero sólo de aquello que me entusiasmaba y atesoré  la imagen del “Guernica” de Picasso, un vistazo y sientes el escalofrío de nuestra historia reciente; la valentía de “Las trece rosas”, el sufrimiento de “La Voz Dormida” en la que Dulce Chacón escuchó cada historia personal para crear la historia de nuestros abuelos; el doloroso e hirviente recuerdo del genocidio Nazi, de Spiegelman en “Maus”, o la agonía del pueblo sirio en “Persépolis”.

Estas obras nos enseñan historia viva, historia que sentimos, que guardamos en nuestra memoria y en nuestro corazón por todos aquellos que vivieron el horror de un poder desmedido.

Amigo Wert, deje de dar la nota y apunte, un país no crece con un 6’5 de media, sino con un pueblo que conoce hasta el punto de sentir y siente hasta el punto de cambiar.

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