La gran mentira

La receta mágica del éxito que vendían a los niños de los 90 era tan simple que solo tenía dos ingredientes: formación y esfuerzo. La familia, los profesores y los medios de comunicación se empeñaban en colar un mensaje en las mentes de la generación que estaba dando sus primeros pasos: “Esfuérzate mucho, estudia una carrera y tendrás tu futuro asegurado”.

Ahora esos niños han crecido y se han convertido en profesionales con uno o dos grados universitarios, con centenares de horas de cursos formativos y experiencia como becarios en empresas que veían en ellos una oportunidad para ahorrar costes. Todos aguantaron años y años de libros, de presión y compaginaron trabajo con estudios para pagar la matrícula de la universidad, pero al final todo merecería la pena, porque habían seguido la receta mágica al pie de la letra.

Hoy han descubierto que les han estado engañando, la receta no ha funcionado y la razón es bien sencilla: la oferta de empleo cualificado no genera necesariamente su demanda. Pero eso nunca se lo dijeron a los niños de los 90. La mayoría de las empresas no demandan jóvenes altamente formados e infravaloran con salarios indecentes a los que ya lo están. Mientras tanto, la oferta educativa de las universidades no se ajusta a las necesidades del mercado laboral y surge lo que surge: jóvenes sobrecualificados y frustrados por no encontrar empleo.

¿Ahora qué? ¿Qué receta es la buena? ¿Cuál es la mejor inversión de futuro? ¿Qué tienen que hacer los niños de los 90?

Tomar la iniciativa: Irse o emprender. Si el lector de este artículo es un universitario, o el padre de uno de ellos, que ha conseguido ahorrar algo de dinero, invierta en un billete de ida a otro país y estudie allí algo que le diferencie cuando vuelva a España. Da igual si por el camino tiene que cobrar mil euros fregando platos, porque aquí iba a cobrar menos por hacer lo mismo. A su vuelta tendrá otro idioma, experiencia internacional y un máster en el extranjero. ¿La otra solución? Invierta en emprender un negocio donde sea usted su propio jefe y pueda utilizar la sobrecualificación que nadie quiere. Al final va a ser verdad que la solución puede pasar por la receta mágica de los 90, pero con una pequeña variación: formación con cabeza, esfuerzo e iniciativa.

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