“Aquí no nos enteramos de nada”

Abandonados o habitados, relegados al ocio o una forma de vida, está claro que los cortijos abundan en nuestra comarca: Pitres, Gaznafate, Caña Hermosa, el Rincón, el Manzano y una inmensa variedad de nombres curiosos, populares y ,como poco, llamativos que esconden lugares recónditos en los parajes más insospechados. Detrás de cada nombre y cada lugar […]
Abandonados o habitados, relegados al ocio o una forma de vida, está claro que los cortijos abundan en nuestra comarca: Pitres, Gaznafate, Caña Hermosa, el Rincón, el Manzano y una inmensa variedad de nombres curiosos, populares y ,como poco, llamativos que esconden lugares recónditos en los parajes más insospechados. Detrás de cada nombre y cada lugar encontramos historias permanentes y ocasionales, del pasado y del presente, pero todas ellas singulares, con nombres propio. Escribimos así un pequeño diario formado por la vida de muchos cortijeros que pueden dar ejemplo y enseñarnos el gran valor de esta forma vida.

 

“La culpa de que viva en un cortijo la tienen dos mulos”. Con esta divertida anécdota Encarna Vargas recuerda su llegada al cortijo Poloria, situado a poco más de 40 km de Granada capital. Hace 38 años vivía con su marido en Palma de Mallorca hasta que el dueño de una finca les ofreció casa en el cortijo a cambio de cuidar sus mulos: “Cuando llegué aquí para mí fue un trauma, yo venía de otro lugar donde la vida estaba mucho más avanzada”. A sus 58 años Encarna ya está acostumbrada a este tipo de vida y no se plantea vivir en otro lugar: “La vida te va guiando y tienes que aceptarla adaptándote a todo lo que venga”.

La familia de Encarna no duda de que la vida en un cortijo les proporciona muchas más ventajas que vivir en cualquier otro lugar. Junto con su marido, Francisco Orgaz, pudieron construir su casa y dedicarse a sus propia labores en el campo. Francisco recuerda que antes había unos 80 habitantes durante todo el año, pero constata que ahora solo viven 20 personas: “Los cortijos se han quedado más solos, no porque guste más o menos, sino porque la maquinaria ahorra muchísima mano de obra”.

El matrimonio rememora un pasado de menos de 40 años, cuando Poloria podía presumir de ser habitada por una gran cantidad de vecinos. Se construyó por iniciativa privada una pequeña capilla, que ahora permanece cerrada, pero por aquel entonces había misa todos los domingos. Encarna también recuerda que allí venía un maestro para dar clase a los niños del cortijo, “que en ese tiempo eran bastantes”.

 

Estudiar una carrera

Los tres hijos de Francisco y Encarna no formaron parte de esa generación de niños, pero también se han criado en Poloria. Aún así, no han tenido impedimento alguno para poder estudiar la carrera de sus sueños. Actualmente en el cortijo viven dos de ellos, pues están en paro y colaboran con sus padres en las tareas del campo a la espera de encontrar algo. Es el caso María José, con 27 años y única mujer entre los hermanos: “Estudié la carrera de Arquitectura Superior y ahora que no tengo trabajo ayudo aquí en lo que haga falta. Si me surgiera algo me iría, pero la vida en Poloria me encanta, no te molesta nadie.”

Recorriendo este singular paraje encontramos otra de las familias que vive durante todo el año. María y Francisco llegaron al cortijo recién casados porque les propusieron ser caseros y les proporcionaron lugar para tener su propio rebaño de cabras. Ahora tienen tres hijos y viven en una pequeña casa, junto a los dueños de la finca: “Tenemos que estar al cuidado de su casa, de cuidar a los perros y hacer las tareas que se requieran en el jardín o en el campo”, comenta la mujer.

María hace la compra una vez a la semana en un pueblo cercano y todas las mañanas tiene que llevar y recoger a sus hijos del colegio y del  instituto. Aún así, asegura que viven muy a gusto, mejor que en cualquier lugar: “Aquí no nos enteramos de nada, solo tenemos nuestra vida y no tenemos nada que ver con nadie. Además te gastas mucho menos dinero”.

De los tres hijos de María, Abraham tiene 19 años y ya ha podido conocer un poco más la vida fuera del cortijo. Ahora estudia en la ciudad, pero no hay fin de semana que no vuelva a Poloria: “Vivir en un cortijo es algo especial, me ha permitido crecer cerca de la naturaleza y saber lo que es el trabajo en el campo. A lo mejor no he podido estar con mis amigos todo lo que hubiera deseado, pero prefiero vivir aquí antes que en Granada capital”, asegura Abraham.

La benjamina de la familia es Mª del Mar, con 16 años. La hija de María y Francisco depende totalmente de sus padres para que la lleven con sus amigos al pueblo cercano. Aún así, afirma que le encanta el cortijo: “Me daría igual estar aquí toda la vida, ya estoy acostumbrada. Lo único que pido es tener carnet y coche”. Mª del Mar forma parte de una generación de cortijeros, y es que la familia de sus tíos también vive una situación similar en cortijos como “El Pocico” o “Las Torres”.

 

Tranquilidad

Por pocos que sean, Poloria no deja de sorprendernos por la simpatía y carácter de sus gentes. Así encontramos la historia de Mari Cruz Galindo, que hace 17 años vino directa desde Barcelona a este cortijo: “A mi marido le gustaba el campo, entonces montó una nave de ganadería y yo le ayudaba. Luego contrató a más gente y yo decidí montar un asadero en un pueblo cercano. Me gusta Poloria porque hay mucha tranquilidad. Si tienes coche no hay desventajas, en veinte minutos estás en Granada”, comenta Mari Cruz.

Los cortijos pueden ofrecer grandes ventajas, pero no podemos olvidar que la edad es un factor muy importante para poder adaptarse a este tipo de vida. Así lo piensa Mari Cruz, que tiene como referente la propia experiencia de su hija: “Cuando llegamos no tuve problema con mi niña, tenía apenas 4 años, pero a partir de los 13 años esto no le gustaba. Yo tenía que llevarla y recogerla del  pueblo porque allí estaban sus amigas. Ahora que tiene 19 años, con su carnet no hay problema”.

 

Dehesas Viejas, la “despensa” de los cortijeros

A menos de 4 km de Poloria se encuentra la localidad de Dehesas Viejas. Los cortijeros de la zona acuden a allí para abastecerse de todo aquello que necesiten. Teresa Castilla es la propietaria de uno de los supermercados de la localidad. Como dueña de este negocio conoce a muchos habitantes de cortijos cercanos que suelen ir a comprar a su tienda.

Teresa reconoce que en estos últimos años la vida de los cortijos ha cambiado mucho: “Ahora vienen los dueños de las fincas para pasar las vacaciones durante el verano, pero hace pocos años se trasladaban a los cortijos familias enteras porque los patrones les daban alojamiento. Estos trabajadores venían a mi tienda diariamente, incluso tenía que abrir los domingos para cualquier cosa que necesitaran”. Esta llegada de cortijeros de la que habla Teresa se incrementaba sobre todo durante la temporada de recolección de la aceituna, entre diciembre y febrero.

También recuerda con satisfacción la felicidad que veía en aquellos cortijeros: “Se les notaba una alegría especial porque tenían un trabajo en el que toda la familia podía ganar dinero. Ahora sólo viene algún que otro inmigrante de otro país y no suele hacer mucho gasto para poder ahorrar y mandar algo de dinero a su familia”, asegura Teresa.

La vida del marido de Teresa, Antonio, también es una historia singular de la que el mismo tiene muchísima añoranza. Durante su infancia vivió en un cortijo llamado “El Pozuelo”: “Yo estudiaba en un colegio como interno, pero estaba deseando que llegaran las vacaciones para irme al cortijo. Desde allí también solía visitar a muchos amigos de otros cortijos cercanos. Nunca imaginé irme a otro lugar, cada día pienso que ojalá volviera a vivir allí.”

 

16 km cada noche para ver a su novia

Rememorando historias del pasado conocemos la historia de Inmaculada Martínez, vecina de Dehesas Viejas, que como tantos otros sabe lo que significa la vida de hace años en los cortijos: “Mi padre me contaba que cuando era novio de mi madre iba a visitarla a un cortijo de aquí cerca llamado “Burgalés”. Después de una larga jornada de trabajo, en plena noche, andaba y desandaba casi 8 km para estar con ella.”

A sus 50 años, Inmaculada recuerda cuando era una niña de apenas 10 años y ya se había recorrido todos los cortijos de la zona. Su madre era matancera y se iba con ella a cualquier lugar desde el que la llamaran para hacer los embutidos: “Tengo especial cariño al cortijo “La Proeza”. La mujer de la finca tenía muchos hijos y yo jugaba con ellos. En el cortijo no había luz eléctrica, pero nos lo pasábamos muy bien. Me dí cuenta que allí había más imaginación para pasar el tiempo y más comunicación entre la familia”

 

Deuda con el pasado

Si bien es verdad que los cortijos eran el único medio de vida para muchas familias, las oportunidades de buscar una vida mejor que el campo tampoco eran desaprovechadas por los más valientes. Unos venían y otros se iban, como Esperanza Martínez, que con apenas 3 años se fue con su familia del cortijo “Las Cabilas”, entre Campotéjar y Dehesas Viejas. Su padre era el casero, eran 5 hermanos y solo había una habitación para todos. 

Desde que se fueron, esta familia vivió en Palma de Mallorca. Esperanza tiene ahora 55 años y poco después de que su padre haya muerto ha vuelto a visitar el cortijo porque “tenía una deuda con su pasado de volver al escenario del que tanto mi padre hablaba”. Al volver a sus orígenes se ha encontrado que “Las Cabilas” han cambiado de dueños, pero le han permitido volver a ver su primer hogar: “Me he emocionado muchísimo, incluso he encontrado unas figuras de esparto de las que hacía mi padre. Ahora me siento satisfecha por haber cumplido la deuda que tenía por mi padre”.

 

Un buen medio de vida

Y no solo se encuentran historias del pasado en los cortijos, sino también del propio presente. Este el caso de Encarni Hervas, vecina de Dehesas Viejas. Después de casarse y sin recuerdos previos, Encarni quiso construir una pequeña casa en el cortijo “El Pozuelo”. Con el paso del tiempo ha hecho mejoras en su propiedad y en la actualidad cuenta con vivero propio, animales, hortalizas, olivos e incluso una piscina.

El marido de Encarni se encarga de las labores del campo, pero ella tiene un estanco en el pueblo y solo puede disfrutar del cortijo los fines de semana: “Si no tuviera este trabajo pasaría más tiempo allí. Siempre estoy deseando tener un día libre para pasarlo en el cortijo. “En el caso de que la crisis me afectara mucho nos buscaríamos la vida en el Pozuelo autoabasteciéndonos”, afirma Encarni.

Son tantísimas las historias que hay detrás de cada cortijo, de cada trozo de pared en cada una de sus casas, que es sería imposible olvidar y sentir que forman parte de nuestra historia. Tampoco podemos considerarlos como un pasado que llego a su fin,  pues viven más que nunca en la memoria de sus testigos. En plena crisis quizás sea esta la ocasión para que los cortijos ofrezcan verdaderas oportunidades como medios de vida para quien  lo necesite. 

Luis Manuel Fernández Martínez

Periodismo

Universidad CEU San Pablo

También puedes leer el reportaje y mucho más en nosfuimospamadrid

 

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